Ψ Psicóloga
     Lola Salinas

Salud Mental
Los pilares

Los pilares de la Salud Mental

En este apartado, estableceremos cuáles son las funciones más básicas de nuestra mente, y cómo la salud mental está inevitablemente ligada a ellas y a su efectividad (funcionalidad) para adaptarse al entorno en el que interactúa el individuo.

Tener una visión clara de nuestra psicología y de los fundamentos más básicos, nos puede ayudar a comprender nuestra salud mental, nuestro malestar y nuestro bienestar, de modo que podamos orientar los pasos y decisiones más saludables.

La semilla social de la psicología humana

La psicología del ser humano, cumple, entre otras, las funciones más importantes  que necesita el individuo para sobrevivir en su entorno: aprendizaje y adaptación. Tras cientos de miles de años de evolución y adaptación a la vida en grupo (sociedad), la psicología humana es un sistema con funciones sociales. El éxito y eficacia de esas funciones van a determinar si el individuo tiene o no bienestar, es decir, cuál es su grado de salud mental, respecto a su verdadero potencial.

Pongamos un ejemplo, el lenguaje verbal. El lenguaje verbal es una de las más extraordinarias consecuencias del la interacción entre sociedad y evolución, a través del aprendizaje y de la adaptación, incorporadas en la información genética en forma de potencial (nadie nace sabiendo hablar, pero sí con el potencial para desarrollar en cualquier lugar del mundo, con la participación necesaria del entorno social.

Esta función, ha hecho posible, además de comunicarse a un nivel muy preciso y complejo (emociones, preocupaciones, ideas, proyectos, leyes, etc.), por ejemplo, que pueda reflexionar sobre sí mismo; que analice una conducta o un sentimiento; que pueda comunicarlo a otra persona, etc.

Otras funciones derivadas del pensamiento y en estrecha relación con las necesidades de la vida social son el desarrollo de la conciencia moral y la ética con los principios de convivencia; la empatía o conciencia del otro; la justicia, etc.

Por lo tanto, si queremos conocer los mecanismos psicológicos por los que una persona logra el bienestar o sufre malestar, hemos de comprender que sus raíces están inmersas en la propia evolución del entorno social. El sistema, no obstante, se asienta y funciona gracias a una estructura (cerebro y Sistema Nervioso) con componentes biológicos u orgánicos como los genes y la química, y físicos, como la electricidad. Los genes tienen la función evolutiva de incorporar cambios y adaptaciones útiles para la especie.

Si utilizamos la metáfora de la tierra, las plantas y la semillas, podemos decir que la tierra y la atmósfera son al árbol, lo que la sociedad y la cultura son al individuo. Nuestro cerebro y nuestra mente son parte de nuestro cuerpo, y serían el equivalente a las hojas del árbol, que se adaptan a su entorno para recibir la luz y convertirla en clorofila. Las distintas funciones del cerebro que conforman la mente humana también se adaptan al entorno social, recogen información y la transforman en códigos que interpreta, y que le sirven para crecer, desarrollarse, hacerse autónomo y sobrevivir.

Interacción

Al igual que la semilla del árbol incorpora y modifica información ambiental en su genética durante millones de evolución, así lo hacen las células del cerebro y las funciones de la mente humana. A la semilla, esta información le permite desarrollar raíces y sabia y tronco y ramas y hojas y función clorofílica y flores y otras semillas.... La mente humana incorpora también información genética e información ambiental (sociedad y naturaleza). En esa interacción necesaria para poder sobrevivir, se constituyen las bases psicológicas (biológicas y sociológicas) de la humanidad.

Cada persona, nace con ese potencial psicológico, fruto de la evolución natural filogenética (biología) y sociogenética (lenguaje, normas, afectos, conocimiento, etc.).   Después de nacer, será el entorno (familia, adultos, hermanos, escuela, país, situación económica, oportunidades, salud, etc.) y su interacción con él, los que permitan desarrollar, ampliar, y dar forma a esa mente y su psicología.

El estilo familiar de hablar, pensar, razonar, actuar, amar, proteger, cuidar, estimular, educar, etc., es decir, la cultura familar, dejará una huella muy profunda en la psicología del/de la bebé, niño/a y adolescente. Ese estilo puede ser un estilo funcional, eficaz y coherente, o puede ser un estilo con necesidad de ajustes, cambios o transformaciones.

Cuatro grandes pilares (funciones)

Cuatro son las funciones más básicas necesarias para esa adaptación al entorno social: Afecto; Conocimiento, Motivación, Autonomía. A continuación explicaré un poco esta clasificación y cada una de estas categorías.

Obviamente, la psicología del ser humano ha desarrollado funciones y habilidades más concretas (alertas, lenguaje, memoria, síntesis, humor, evaluación, negociación, etc.). Sin embargo, creemos que todas ellas derivan de las cuatro principales mencionadas antes.

El afecto es la función que nos permite y facilita la relación con los demás y con nosostros mismos.  El afecto es la raíz de todas las emociones: seguridad, temor, estrés, alegría, tristeza, enfado, tranquilidad, desasosiego, confianza... Un afecto positivo es el que nos permite sentirnos en armonía con el entorno percibiendo que formamos parte de él y nos integramos con facilidad y con fluidez. El afecto positivo nos hace sentir que entre el entorno y nosotros no hay incoherencias, tensiones o graves conflictos. El afecto positivo hacia los demás nos hace generar empatía, comprensión y ser solidarios. El afecto positivo hacia nosotros nos permite 'escuchar' y conocer nuestro cuerpo y nuestra mente, respetar nuestras necesidades, valorar nuestra vida, cuidarnos, protegernos y querernos. Es lo que llamamos sana autoestima. El afecto también puede ser negativo y no por ello ser insano, por ejemplo si siento dolor porque me he he quemado. El dolor en esta situación es un síntoma sano que me alerta de la quemadura y me indica que he de protegerme, curar la quemadura y cuidarme. No obstante, hay muchas situaciones en las que un afecto de los llamados 'negativos', nos están alertando de que algo no funciona, pero no le prestamos atención, o no sabemos cómo actuar porque no comprendemos qué significa. Es en estas situaciones cuando puede ser muy conveniente acudir a una consulta de psicología.

El conocimiento, es la función que nos permite observar el entorno y a nosotros mismos interactuando con el, para aprender sobre ambos. El conocimiento del entorno es vital para sobrevivir en él. El conocimiento sobre nosotros mismos también es vital para desarrollar todos nuestro potencial y para alcanzar la mayor autonomía y bienestar como individuos. El conocimiento utiliza mecanismos como la observación, la percepción, la memoria, el lenguaje, el análisis, la reflexión, la clasificación, las categorías, etc. Todas estas herramientas o mecanismos componen nuestras habilidades cognitivas y sensoriales, la consciencia y la conciencia, forman parte del sistema de conocimiento. Percibimos a través de los sentidos, pero inseparablemente a través de lo que nuestro sistema cognitivo interpreta sobre esos sentidos. En nuestra relación con el mundo, desde que nacemos empezamos a construir los 'andamios' cognitivos para interactuar con el mundo. Construímos al tiempo que interiorizamos esquemas, creencias, estilos de actuar, valores, principios, normas, costumbres, etc. Todos ellos son parte de nuestro conocimiento del entorno y del modo en que lo hemos aprehendido, interiorizado y hecho nuestro, constituyendo gran parte de nuestra personalidad y nuestra psicología. Por ejemplo, imaginemos que hemos nacido en un entorno familiar con discusiones, desafecto y tensión, lo más probable es que hayamos interiorizado modelos y esquemas cognitivos de interacción poco dialogantes, o poco negociadores, incorporando mecanismos de poder y defensa o ataque, incluso conductas explosivas de ira, en vez procedimientos asertivos, respetuosos y de confianza. Es probable también que hayamos desarrollado esquemas de indefensión, inhibición o inactividad. Quizás estos esquemas cognitivos nos hayan hecho un servicio en ese entorno, pero cuando llegamos a la escuela, donde cambian las dinámicas y se requiere una mayor y más democrática y dialogante participación, nos vemos limitados porque nuestros esquemas no son funcionales. Si no recibimos ayuda para ampliar nuestros esquemas cognitivos y/o sustituirlos por otros más funcionales, es probable que lleguemos a la vida adulta y tengamos ciertas dificultades para disfrutar de nuestro entorno y sentir que nos manejamos bien en él.

La Motivación es la energía y el interés para actuar en cualquiera de las infinitas cuestiones y actividades que se nos presentan en la vida cotidiana. Estar motivado/a para hacer algo, es tener la actitud para acerlo y tener las ganas (energía) para realizarlo. La motivación es lo que nos hace levantarnos a cerrar la ventana si hace frio o despertarnos y prepararnos el café por la mañana, ducharnos para ir a trabajar o estudiar, etc. La motivación es el motor que pone en marcha nuestra sistema (mente, cuerpo) para iniciar, mantener y lograr aquello que hemos pensado y valorado como útil, beneficioso, conveniente, agradable, interesante, necesario, etc. De la motivación deriva la esperanza, el tesón, la constancia, el esfuerzo, la resistencia, la superación... La motivación puede ser externa o interna. Esta última es la más sólida porque está originada en mi propio convencimiento y mi propio sistema de intereses, es lo que llamamos automotivación.

La Autonomía es la capacidad de saber hacer las cosas por uno mismo y poder satisfacer sus propias necesidades como individuo. Esta autonomía se puede aplicar a cualquier actividad que realiza el ser humano: pensar, comer, vestirse, trabajar, decidir, tener una ética propia, etc. Por lo tanto, podemos hablar de autonomía intelectual, autonomía emocional, autonomía ética, conductual, etc. La autonomía implica que la persona tiene criterios para hacer y para tomar decisiones y se responsabiliza de sus actos desde el principio hasta el fin. Como vemos, la autonomía es saber hacer y aceptar las consecuencias de los actos. No obstante, la autonomía está en función de las capacidades reales de cada persona. Habrá personas que tengan limitaciones físicas o psiquícas y su máximo grado de autonomía esté condicionado a esas limitaciones. Por otra parte, lógicamente, si, soy un bebé y aún no tengo la capacidad para hablar será imposible que tenga esa autonomía en la comunicación, de momento, y hasta que vaya aprendiendo, dependeré en gran medida de que los adultos se anticipen a mis necesidades. Sin embargo, será saludable que los adultos me permitan y potencian que desarrolle el máximo posible de esa capacidad, porque la necesitaré a medida que vaya creciendo. El ser humano necesita la autonomía para valerse por sí mismo. Es conveniente que el ser humano adquiera el mayor grado posible de autonomía, desde atarse los zapatos, lavarse los dientes, recoger los juguetes, comer con los cubiertos, reflexionar sobre la conducta más adecuada, elegir la carrera a estudiar, etc., etc. Cuanto mayor es la autonomía mayor es la posibilidad de lograr bienestar.

Fuentes de bienestar y de malestar

El funcionamiento de estos cuatro campos nos permiten analizar cuáles son los aspectos que dificultan el bienestar y el pleno desarrollo e integración de la persona en su entorno social.

Todos los problemas, malestares y trastornos, pasajeros o crónicos se producen en alguno de estos ámbitos. Cualquiera que sea el trastorno o malestar que padezcamos, estará referido a uno o varios de estos cuatro campos o raíces antes expuestos: Afecto, Conocimiento, Motivación y Autonomía. Por ejemplo, los trastornos cognitivos y los trastornos del estado de ánimo y ansiedad (depresión, TGA, TOC, TEPT, etc.) afectan sobre todo al campo afectivo y al conocimiento, pero también se ven implicadas la motivación y la autonomía.  Si nos referimos a trastornos de conducta (TDAH, conducta explosiva, adicciones..) estaremos haciendo referencia sobre todo al ámbito de la autonomía y el afecto. Si nos referimos a trastornos de la personalidad (límite, narcisista, evitativa, pasivo agresiva, etc.) pueden estar afectados cualquiera o varios de los cuatro campos. En los trastornos psicóticos (esquizofrenia, esquizotipia, paranoia..) se ven afectados los campos Afectivo, cognitivo, y de la motivación, fundamentalmente. En cuanto a los trastornos del neurodesarrollo (habla, psicomotricidad, inteligencia, etc.) pueden verse involucrados los cuatro campos, dependiendo de qué función se vea afectada.

Pongamos como ejemplo la depresión, que se caracteriza por un estado de anhedonia (ausencia de placer), sentimientos de tristeza, cansancio o falta de energía, desmotivación, sueño o insomnio y un afecto plano. La depresión puede estar provocada por un estilo cognitivo poco racional, pesimista, preocupado y negativo (área del Conocimiento), que provoca emociones de impotencia, tristeza y desesperanza (area del Afecto), lo que a su vez provoca falta desgana e inacción (área de Motivación), provocando cierta dependencia de otras personas (área de Autonomía), que a su vez confirman los augurios negativos y la confirmación de la desesperanza.

©LolaSAlinas