Ψ Psicóloga
     Lola Salinas

Plasticidad del cerebro

Plasticidad cerebral y transformación


 

La plasticidad de nuestro cerebro es la cualidad más valiosa con la que trabaja la psicología. La plasticidad del cerebro permite al ser humano la adaptación al medio, modelando características que nos facilitan el desarrollo de habilidades individuales y la interacción con nuestro entorno social y natural.

 

La plasticidad de nuestro cerebro es extraordinaria y se mantiene toda la vida,  siempre que mantengamos nuestro cerebro en forma. Podemos proteger y potenciar la plasticidad si entrenamos nuestro cerebro para que responda a la novedad y diversidad de entornos, situaciones, relaciones, tareas, retos, actividades..., que nos demanden adaptación y aprendizaje constantes. Podemos afirmar, así mismo, que nuestra capacidad de aprendizaje y adaptación se mantiene en la medida en que entrenamos la plasticidad. Estas condiciones también significan que cuanto más reducido y rígido es nuestro entorno, más limitamos nuestra plasticidad.

 

No obstante, conviene señalar que puede haber entornos diversos y novedosos que resultan poco 'pedagógicos' aunque la plasticidad pudiera mantenerse (p.ej.: los ambientes caoticos, incoherentes, inestables, impredecibles, inmaduros, conflictivos, violentos, inseguros, negligentes, desprotegidos, sobreprotectores, rígidos, autoritarios, exigentes, intolerantes, etc.). En estos casos, la adaptación puede producir un aprendizaje poco funcional para entornos más coherentes y estables. La buena noticia es que se pueden entrenar nuevos estilos más adaptativos para la mayoría de los entornos saludables.

 

Diálogo interior


 

Pensemos en las conversaciones que mantenemos mentalmente (diálogo interior), en las que nos damos mensajes prácticos de ánimo, autoconfianza o serenidad (p.ej.: "lo sé hacer"; "lo voy a aprender"; "lo lograré"), o bien, nos damos mensajes de autoboicot o autosabotaje (p.ej: "soy incapaz"; "qué mal lo hago"; "es imposible"...). Estos mensajes se adquieren durante la crianza, en la interacción con los cuidadores y con el resto de personas de nuestro entorno, se adquieren en función de los mensajes que recibimos de ese entorno, por ejemplo cuando aprendemos a atarnos el cordón del zapato.

 

Los mensajes de autoapoyo son del tipo: "lo voy a hacer despacio", "voy a seguir bien las instrucciones", "me voy a concentrar en cada paso", "estoy aprendiendo", "es bueno aprender", "los errores son parte del aprendizaje", "un error es una oportunidad para detenerme y aprender a solucionar y rectificar", "poco a poco lo voy a hacer bien", "estoy adquiriendo habilidades", "aprender es un proceso positivo", "estoy ampliando mis capacidades para hacer las cosas por mi mismo/a", "qué bien me ha quedado", "aquí he cometido un error, voy a ver cómo lo soluciono" y un largo etc. Estos mensajes 'motivadores' contribuyen a nuestro desarrollo, autoconfianza, autonomía y bienestar, permitiéndonos construir un entramado psicológico fuerte y resiliente para afrontar nuestra vida cotidiana y todos los sucesos que en ella transcurren. Estos mensajes responden a una visión realista de nuestro potencial y capacidades de desarrollo; constituyen un reflejo de la confianza en el aprendizaje y la evolución.

 

Los mensajes de autoboicot o sabotaje, por el contrario, están anclados en una visión pesimista, sesgada de la realidad, que se anticipa siempre negativa, difícil y peligrosa, y donde vemos nuestras habilidades y capacidades insuficientes para afrontar las tareas que se nos presentan. Son poco realistas porque la experiencia nos demuestra, una y otra vez, que la realidad -a pesar de nuestras preocupaciones- no es así de difícil, peligrosa y negativa, la mayor parte de las veces, y sólo es así un porcentaje mínimo de nuestra experiencia.

 

Funciones y estilos


 

La interacción con el entorno, el entrenamiento y el aprendizaje van dejando huellas, surcos, conexiones y rutas en nuestro cerebro. Ese conjunto es lo que conocemos como 'circuitos neurológicos', un entramado de millones de neuronas especializadas en funciones distintas, con sus conexiones y su actividad química y eléctrica. Estos circuitos interactúan y se activan o desactivan de forma compleja, generando funciones especializadas (perceptivas, emocionales, cognitivas...).

 

En el ejemplo anterior, señalabamos la importancia del dialogo interior para el estilo de crecimiento y afrontamiento que puede aprenderse durante la crianza. El lenguaje (verbal y no verbal) nos sirve como medio de comunicarnos con los demás y , para comunicarnos con nosotros mismos. El aprendizaje del lenguaje es uno de los muchos ejemplos de esa plasticidad y de la adaptación funcional al entorno. Un bebé que recién nacido es rodeado por un entorno lingüistico distinto al de origen (p.ej.: familia de adopción), aprenderá la lengua del entorno en donde interactúe y no hablará la lengua de sus padres biológicos, a no ser que se mantenga un entorno bilingüe.

 

Es decir, si me entreno para hablar distintos idiomas, podré aprender con más facilidad un nuevo idioma o diversos idiomas a lo largo de mi vida. Estaré potenciando la plasticidad de mi cerebro para incorporar nuevos surcos y huellas, generando nuevas ramificaciones y nodos en los circuitos. De igual modo, si me entreno en un dialogo interior (conmigo mismo/a) constructivo, estimulante y realista, estaré potenciando la plasticidad de mi cerebro para adaptarse con eficacia a distintos entornos, situaciones o acontecimientos cotidianos o extraordinarios.

 

Actividad transformadora

 

La plasticidad, además de permitirme aprender algo más (idioma nuevo, lavarme los dientes, preparar el desayuno...), partiendo de una misma habilidad (lenguaje, destreza motora, análisis, memoria), también me permite modificar o incorporar un nuevo modo de aprender para hacerlo de distinta manera. La plasticidad del cerebro me permite incorporar nuevas funciones a mi modo de pensar o a mi modo de enfocar una situación y a mi manera de resolver problemas. Es decir, me permite crear nuevas huellas y surcos, es lo que llamamos actividad transformadora. No se trata solo de tener nuevas ideas o conocimientos que incorporo a una función establecida, se trata, por ejemplo, de transformar mi estilo de pensamiento, o mi respuesta emocional o mi conducta.

 

Nuevos estilos


 

Escojamos como ejemplo el hábito adquirido de sentir temor o miedo ante cualquier situación nueva para la que pensamos que no estamos preparados. Es fácil adivinar que a este hábito le acompaña un dialogo interior de estilo preocupante, inseguro, desconfiado, alarmista, etc. Los mensajes que produce este estilo van en consonancia: "No voy a poder con esto", "Lo voy a pasar muy mal", "No sé cómo reaccionar", "No sabré qué conducta adoptar", "Qué mala suerte que ahora suceda esto", "Por qué tienen que cambiar las cosas", "Necesito controlar lo que va a suceder para sentirme bien", etc.

 

La plasticidad de mi cerebro me brinda la oportunidad de explorar otras opciones, otros estilos, otros modos de pensar, sentir, hacer y de relacionarme. La plasticidad me ofrece la oportunidad de vivir mi vida del modo que yo elija. La plasticidad del cerebro es un mundo apenas explorado por cada ser humano. Cuanto antes empezamos a potenciar y activar esta espléndida y extraordinaria cualidad, mayores van a ser nuestras opciones vitales para el bienestar. La experiencia consciente de la plasticidad de nuestro cerebro es una vivencia que tiene un gran beneficio sobre nuestra existencia y nuestra plena conciencia.

 

Durante las sesiones de análisis psicológico y entrenamiento voy a tomar conciencia de mis áreas de mejora funcional, y voy a tener acceso a las herramientas, métodos y opciones para entrenar el potencial de plasticidad y producir la transformación.

 

La transformación es un proceso que me genera bienestar en sí mismo, desde el primer momento; no necesito lograr el pleno bienestar para disfrutar de las pequeñas pero importantes parcelas de bienestar que voy generando. La primera es tomar conciencia de mi capacidad e iniciativa de transformación, centrándome en ellas y en su gran potencial, su fuente de esperanza y poder de motivación. Centrarme y mantenerme en esa iniciativa será mi punto de apoyo (Ley de la palanca) para mover grandes pesos.

 

Una china en el zapato, Una piedra en el camino, Una montaña escarpada en la ruta...

 

Una china en nuestro zapato puede ser molesta mientras caminamos, puede hacernos daño, puede provocarnos una herida, o incluso puede dificultar que sigamos caminando. ¿Qué actitud adoptamos en la realidad? ¿Qué actitud creemos (queremos pensar) que adoptamos?

 

  • Nos irritamos y quejamos, pero seguimos el camino con la china que reduce nuestra comodidad, bienestar y energía.
  • Nos enfadamos tanto con la china que decidimos finalizar nuestra ruta y volvernos a casa.
  • No queremos prestar atención a la molestia, negamos que tenemos una china en el zapato o nos exigimos aguantarla, continuamos hasta que el dolor nos impide seguir, o terminamos nuestro camino, sin haber disfrutado del mismo.
  • Aceptamos que llevamos una china en el zapato, aceptamos que forma parte de andar, evaluamos la molestia que nos provoca, decidimos si queremos o no detenernos para quitarla, aprovechamos para beber agua, secarnos el sudor, reacomodarnos la mochila y comprobar que seguimos bien la ruta.

 

Siguiendo con las metáforas... Una piedra en el camino puede ser un objeto con el que tropezamos y puede hacernos caer; puede enfadarnos y puede generarnos inseguridad o dudas sobre nuestra habilidad para caminar. ¿Qué actitud adoptamos o creemos adoptar ante las situaciones en las que tropezamos?

 

De parecido modo, una roca escarpada puede ser un obstáculo que nos dificulta el camino, puede suponer un rodeo en nuestra ruta, puede implicar un retraso, posposición o cancelación; puede significar un gran esfuerzo, puede producirnos desánimo y el deseo de abandonar. ¿Cuál es nuestra actitud más frecuente ante este tipo de situaciones? Actuamos de forma parecida en todos los ámbitos o nuestra respuesta es distinta según sea el campo en el que nos situemos (familia, pareja, trabajo, estudios, amigos, deporte, ocio, proyectos...)

 

Si acumulamos malestar por cada china, piedra y roca que hay en nuestro camino, lo más probable es que desarrollemos cualquiera de las siguientes actitudes como hábitos estables de afrontamiento: frustración, irritabilidad, estrés, ansiedad, miedo, preocupación, desánimo, inhibición, bloqueo, falta de autoconfianza, falta de autoestima, aislamiento, desconfianza, hipervigilancia, tristeza, pereza, etc. También es muy probable que desarrollemos algún síntoma fisico o enfermedad: cansancio extremo, mialgias, neuralgias, tensiones, irritación colón, gastritis, úlceras, inflamación de tejidos, problemas inmunológicos, etc.

 

Utilizar lo que funciona para transformar lo que incomoda

 

Hay tres estilos básicos (con sus variantes) para afrontar este tipo de situaciones:

 

a) Aceptación, análisis, búsqueda creativa de solución, aplicación de recursos, confianza en mi aprendizaje, confianza en que encontraré la solución, compromiso con ese aprendizaje, responsabilidad, tesón, disciplina;

b) Frustración, enfado, irritabilidad, queja, estrés, gasto de energía (patadas a la piedra, improperios a la montaña...), etc.

c) Miedo, preocupación, inquietud, inseguridad, evitación, huída, parálisis, bloquedo, etc.

 

En el primer estilo, adopto un afrontamiento positivo, proactivo y esa actitud desde el principio me produce bienestar y me da ánimos para aplicar el esfuerzo y recursos necesarios. Me hace sentirme bien conmigo y también me hace confiar en mis capacidades.

 

En los otros dos estilos (b y c) aplico esquemas de vida poco funcionales. En primer lugar porque esas actitudes (queja, irritación, miedo...) se deben probablemente a un análisis poco realista de los hechos; en segundo lugar, porque las conductas que generan esas actitudes no son útiles para afrontar la vida cotidiana con sus chinas, piedras y montañas. Los esquemas mentales que generan esas actitudes son del tipo:  "Un camino no debería tener piedras" o "En mi zapato no debería haber chinas" o "Es terrible que esta montaña esté en mi camino" o "Voy a sufrir mucho con ese camino", "No puedo aguantar ese dolor".

 

Nodos y redes neurológicas


 

Del mismo modo que aprendemos la hablar, andar o la tabla de multiplicar, aprendemos todo en la vida, también todas nuestras actitudes, pensamientos y conductas o formas de afrontar las situaciones.

 

Este aprendizaje se establece en forma de nodos y redes o circuitos neurológicos que se activan ante situaciones similares, parecidas o potencialmente equiparables. Los nodos y redes acaban formando hábitos de respuesta. Si nuestro aprendizaje ha sido adecuado, útil, versatil, amplio, adaptable, flexible, autónomo, crítico... esos nodos y redes se actualizarán y enriquecerán con las experiencias nuevas, realimentandose y facilitando respuestas apropiadas, eficaces y funcionales.  Si, por el contrario, nuestro aprendizaje ha sido inadecuado, rígido, dogmático, pobre, reducido, dependiente... esos nodos y redes necesitarán ser atendidos y reajustados para resultar funcionales y satisfactorios para nuestras necesidades.

 

Algunos ejemplos de estos nodos y redes, activadores de estas actitudes y conductas poco funcionales serían los siguientes esquemas (estilos de pensamiento, creencias, modos de interpretar la realidad, etc), la mayoría apenas conscientes: idealización, sesgo, catastrofismo, hiperexigencia, impotencia, fantasía, magía, etc.

 

Ejemplos de nodos y redes funcionales serían los siguientes esquemas: realismo, amplitud, optimismo, objetividad, análisis crítico, autonomía de criterio, tolerancia, creatividad, lógica, autoconfianza, etc.

 

El arte de Vivir: el equipaje, la ruta y el mapa.


 

El bienestar es simultáneamente un camino y una meta; mientras alcanzamos la meta, el bienestar nos va inundando porque experimentamos confianza, motivación, implicación, avance y satisfacción.

 

Sin embargo, hay momentos de nuestra vida en que nos sentimos desorientados, que vamos un poco a tientas, sin tener claro cuál es la ruta. Otras veces, tenemos la sensación de estar dando vueltas al mismo problema sin avanzar. También, en ocasiones sentimos que parte de nuestra vida se convierte en una carga pesada, tenemos la sensación de tirar de ella y soportar un peso que nos arrastra con él. En ocasiones, sentimos que no tenemos capacidad para mejorar nuestra vida, nos sentimos impotentes.

 

Para cambiar estas situaciones, la mayoría de las veces, necesitamos detenernos en el camino y así poder comprobar si seguimos en ruta, o si queremos mantener la ruta que trazamos hace tiempo y que quizás ya no responde a nuestras necesidades. También podemos aprovechar esa parada para priorizar nuestras necesidades de equipaje, eliminando el peso inutil, distribuyendo mejor las cargas y optimizando nuestras fuerzas, transformando la carga en un equipaje útil, manejable y regulable alcanzar un bienestar realista, accesible y estable.

 

La diferencia entre vivir y el arte de vivir radica en cómo utilizamos los recursos psicológicos (emocionales, cognitivos y sociales) que tenenemos y el grado de autoconfianza en que podemos diseñar nuestra ruta y regular nuestra forma de afrontar lo que nos depara el camino. Ambos, la habilidad para utilizar los recursos y la autoconfianza se pueden entrenar a través de técnicas.

 

Utilizando otro simil, el bienestar y la salud son como un buen menú: el resultado de saber utilizar y mezclar recursos (ingredientes) psicológicos, sociales y físicos. Al igual que el arte de cocinar -o cualquier otra destreza-, el arte de vivir requiere de conocimientos, técnicas, herramientas y entrenamiento. 

 

El entorno donde aprendemos a vivir nos diferencia en cuanto al estilo de vida y la cultura, es decir, condiciona nuestros recursos (lenguaje, formas de pensar, costumbres, hábitos, conductas, modos de afrontar, respuestas ante situaciones, etc.). La ´cultura aprendida´que resulta útil en un entorno puede no resultar útil en otro entorno distinto. Lo que aprendí en mi infancia puede no resultar suficiente para adaptarme a la adolescencia, o al mundo laboral, por ejemplo. Por esa razón, la mayoría de las personas, a lo largo de nuestra vida necesitamos un proceso de adaptación donde hemos de reajustar nuestras habilidades y recursos psicológicos. Esta adaptación puede ser sencilla, accesible e inmediata, o puede resistirse, creandonos malestar.

 

La resistencia que se opone a nuestro bienestar, nos indica que hay algún factor del proceso de reajuste que no encaja (chirría, bloquea, molesta, descontrola...) y no alcanzamos a verlo o entenderlo. Es un buen momento para detenernos y tomarnos el tiempo de observar y evaluar cuál (es) de esos factores puede estar impidiendo nuestro bienestar. Muchas veces tenemos falsas expectativas, autoexigencias, complejos, distorsiones cognitivas... Conviene recordar que para tener bienestar no necesitamos ser celebridades, ni lumbreras, ni héroes, necesitamos una vida cotidiana equilibrada y satisfactoria.

 

Volviendo al símil de la cocina, un buen menú puede ser muy sencillo al tiempo que resulta nutritivo, grato al paladar y satisfactorio; el secreto es, al igual que en la vida, comprender que la satisfacción radica en utilizar bien los ingredientes básicos. El secreto de una cocina cotidiana equilibrada no radica en tener 3 estrellas Michelin, ni en el lujo de los ingredientes, ni en la dificultad, ni en la competitividad. La clave de una buena cocina es que sea realista, comprometida y coherente.

 

Algunos de los factores que contribuyen a esas tres condiciones son: conocer nuestros recursos, aprender a utilizarlos, planificar lo que queremos hacer, ser realistas con los tiempos y cantidades, concentrarnos en lo que hacemos, valorar adecuadmente nuestro esfuerzo, confiar en nuestras capacidades -inculído el aprendizaje-, comprometernos con nuestros objetivos, disfrutar del proceso y analizar con objetividad lo que podemos mejorar y seguir aprendiendo, darnos el reconocimiento adecuado.

 

Todos estos factores, también forman parte del arte de vivir. Para simplificar, se podrían agrupar en las siguentes actitudes: realismo, aceptación, confianza, coherencia y compromiso. Hay otros factores, que también son de gran utilidad, en la tabla siguiente se detallan algunos, contraponiéndolos a su antagonista, para facilitar la visión del contraste entre la actitud que produce bienestar y la que nos produce malestar..

 

 © Lola Salinas 2022