Disfunción eréctil

El problema y la demanda de solución.

Este artículo surgió con motivo de la invitación del equipo de La Ventana en la Cadena Ser a participar en un segmento presentado por Carles Francino, a quién agradezco su cordialidad y la oportunidad de expresar algunas de estas ideas. Si deseas escuchar el audio de la intervención, este es el Link a la intervención.


Propongo iniciar esta reflexión con una distinción entre alivio de un problema y su solución. El alivio no resuelve la raíz del problema, que sigue existiendo, mientras que la solución sí. En aquellos casos en los que el problema no tiene solución (p.ej.: enfermedades neurodegenerativas), el alivio puede ser un buen paliativo. En este caso, la medicación puede contribuir a restablecer cierto equilibrio, y quizás a un mayor bienestar de la persona. Más adelante veremos que el bienestar es algo más complejo que la satisfacción de un deseo[1].

Sin embargo, para la inmensa mayoría de casos, en los que la disfunción eréctil sí tiene solución, es necesario otro enfoque (Wieder, Stanley E; Althof, 2004).

En consulta vemos con mucha frecuencia que el uso de paliativos puede contribuir a ocultar y cronificar la disfunción (psico-social), así como otras disfunciones (eyaculación precoz), y algunos problemas de relación y pareja (Potts, A; Gavey, N. Grace, V; Varey, 2003). A lo que hay que añadir otros efectos secundarios (Babos, Benjamin P; Smith, 2021; Medicine, 2018) e incluso el fenómeno del poli-consumo en sesiones de ‘chemsex’ (Soriano et al., 2020)[2]

A pesar de estos y otros hechos, el sildenafilo y otros compuestos, han tenido un extraordinario éxito.

Inmediatez, accesibilidad, facilidad y eficiencia, son solo algunos de los factores que han contribuido al éxito social de estos compuestos. La conocida ‘viagra’ o píldora azul es bien recibida por millones de hombres que padecen alguna tipología de disfunción eréctil (vascular, hormonal, neurológica, psicológica o psico-social), y por amplios sectores de la sociedad (medios, medicina, instituciones, ciudadanos y ciudadanas…)[3].

Hay que decir, no obstante, que en consulta[4] podemos comprobar cómo una considerable -aunque mínima- y saludable parte de los hombres desean tratar su disfunción sin recurrir a fármacos o paliativos, abordando desde la psico educación las causas reales del problema, propiciando la autonomía de sus decisiones y restableciendo su bienestar, a través de opciones como la psicoterapia, psicoeducación, educación e información sexual, etc. (Esposito, K; Citotloa, M.; Giugliano, F.; Giugliano, 2009).

Sin pretensión de exhaustividad, comprender algunas causas del éxito de un producto resulta de gran utilidad para entender la naturaleza de nuestros problemas y nuestras verdaderas necesidades, así como para desarrollar soluciones allá donde es posible, en lugar de conformarse con paliativos y sus efectos secundarios.

El conocimiento compartido sobre el malestar, la reflexión colectiva e individual y aportar soluciones realistas, son objetivos de este artículo. La autonomía (que no el individualismo) y el bienestar (que no el hedonismo) inspiran estos principios, como valores de una sociedad más sana, equilibrada y sostenible. En definitiva, hablamos de una perspectiva comunitaria, en la que el protagonismo es de cada persona y del propio grupo social (familia, grupo formativo, amigos, etc).

Quiero utilizar este espacio para mencionar mi grato encuentro con el trabajo comunitario (teórico, metodológico y de intervención) que realiza el equipo del centro Marie Langer[5]. A través de sus textos y de los talleres que imparten he podido disfrutar de una gran coincidencia en nuestros planteamientos al analizar el malestar del individuo, su génesis y las posibles soluciones.  No es casualidad que, partiendo de ‘escuelas’ y trayectorias profesionales distintas[i] , exista una convergencia en la perspectiva de la construcción social de la personalidad y su subjetividad, los problemas sociales e individuales, así como algunas propuestas de solución

También quiero expresar desde aquí mi reconocimiento por algunos conceptos de su aportación teórica y metodológica que he integrado en mi análisis, por resultar de mucha ayuda en la explicación y comprensión de la problemática que abordo.[6]

El caldo de cultivo para generar el problema

El problema de la disfunción eréctil y el éxito de la píldora azul tienen lugar en un contexto cultural específico, con ciertas peculiaridades, y con unos antecedentes. Ambos fenómenos, problema y paliativo, comparten ingredientes en su formula, de ahí el éxito del medicamento.

Uno de los ingredientes básicos de esa fórmula es la sustitución del principio de bienestar por el principio de hedonismo. El bienestar requiere la satisfacción de las necesidades físicas, psicológicas y sociales, de forma integrada y equilibrada; mientras que el hedonismo sería la búsqueda de la satisfacción inmediata de cualquier deseo (comida, sexo, drogas, ambición económica, etc.), sin tener en cuenta otras necesidades ni su coherencia e integración.

Lo podemos decir de otro modo, la racionalidad es el proceso cognitivo y conductual que nos lleva a tomar decisiones coherentes e integradas con nuestros objetivos a corto, medio y largo plazo. La irracionalidad es la conducta marcada por la impulsividad, obsesión, capricho o sesgo, o por objetivos cortoplacistas.

También lo podemos definir a través de la autonomía o falta de autonomía. La autonomía (nomos: regla y auto: propio) es la capacidad de actuar según reglas propias o, dicho de otro modo, la habilidad de saber hacer las cosas por nosotros mismos. A no confundir autonomía con individualismo.

Así que, por un lado, tenemos bienestar, racionalidad y autonomía, mientras que en el otro lado tenemos el hedonismo, la irracionalidad y la dependencia.

Una sociedad paradójica

Cuando conviven ambas líneas de conducta -racional e irracional- bienestar y hedonismo- autonomía-dependencia, construimos una sociedad paradójica donde, por ejemplo, tenemos acceso casi limitado a la información, pero limitaciones importantes para utilizarla con criterios racionales y propios en beneficio de nuestro bienestar.

La paradoja de la información se da en muchos campos, también en el ámbito de la sexualidad.

Vivimos una sociedad de la información, pero no se accede a todo el conocimiento, ni se produce una comunicación eficaz. Por ejemplo, la mayoría de las personas que acudimos a un sexólogo/a no tenemos una explicación útil de nuestro problema, tampoco lo hemos comentado con alguien, a veces, ni siquiera con la pareja. En el mejor de los casos, aquellos que sí lo hablan con la pareja es de forma superficial; los pocos que lo hablan con los amigos minimizan la importancia que realmente tiene para ellos y todo se queda en chascarrillos o humor. Muchas veces optamos por la evitación. En muchos casos, cuando acudimos a un profesional, lo hacemos con dificultad y vergüenza.

En definitiva, pudiera parecer que se habla abiertamente sobre la sexualidad y los problemas que surgen en la intimidad de las relaciones sexuales o del propio auto erotismo. En realidad, no hablamos de sexualidad, solo hablamos de las manifestaciones sexuales más visibles, por ejemplo, de la erección, olvidándonos del resto. Es decir, hablamos de la mecánica visible de la sexualidad, pero no se habla de la sexualidad en toda su complejidad y amplitud. Eso sí, creemos que hablamos de sexualidad, pensamos que vemos el todo, aunque solo enfoquemos una parte.

Por utilizar un símil, es como si evaluáramos la calidad de la literatura, por el número de hojas, el encuadernado, la tipología de la letra, el número de capítulos y páginas, incluso el índice, etc. pero nos olvidáramos del pensamiento, la creatividad, el mensaje, la elocuencia, perspectiva, temática, posicionamiento, cultura, contexto, trayectoria, movimiento, etc.

El resultado es que el discurso sobre sexualidad nos confunde, haciéndonos creer que toda la realidad queda abarcada en lo que se habla, y que no necesitamos saber nada más fuera de ese discurso. La tentación, entonces, es solucionar cualquier problema tratando solo los rasgos más a la vista. La actitud ante las relaciones sexuales, también, es focalizar en el músculo visible y olvidarnos de los verdaderos ingredientes de la sexualidad.

Imaginemos otro ejemplo: somos jugadores de póker, que perdemos gran parte de nuestro salario apostando online. Eso nos produce ansiedad, frustración, culpabilidad, etc. No soportamos ese malestar y buscamos alivio bebiéndonos un whisky que adormezca nuestra conciencia. El whisky me calma en apariencia, pero el trasfondo que origina el malestar sigue ahí (dependencia del juego, hedonismo, dificultad para gestionar mis impulsos, falta de autonomía, búsqueda de éxito, éxito fácil e inmediato…), y ese trasfondo solo se soluciona con otro tipo de intervención.

Precisamente, las paradojas sociales nos generan muchos de los problemas sexuales en nuestra cultura, incluida la disfunción eréctil. Claro que también es la responsable del éxito de los fármacos paliativos como la viagra.

CONSUMO de datos, información, ocio, placer …

Decíamos que es una sociedad paradójica porque mientras consume datos, alimentos, información, ocio, placer…, sin embargo, mantiene una precariedad muy notable en aspectos fundamentales de bienestar personal, como son la educación emocional, la educación sexual y la autonomía, por poner solo algunos ejemplos.

Estos fenómenos se retroalimentan. Cuanto mayor es la precariedad en conocimiento y autonomía, menor es nuestra autoestima y más vulnerables somos a la desinformación, a la manipulación o al sesgo. Veamos cuáles fueron algunos de los antecedentes que generaron esta situación de supuesta información.

ANTECEDENTES (Contexto social)

Protagonismo. Durante los 80 y 90, la sexualidad adquiere protagonismo en el espacio público (Salinas, 1997). El discurso sobre sexualidad pasa de ser una narrativa sobre la prohibición, el recato y la regulación, a convertirse en una inundación informativa sobre las estadísticas, los datos, las frecuencias, los hábitos de la intimidad, la apertura a la libertad de encuentros y las oportunidades de experimentar  (Foucault, 1989).

  • Los primeros antecedentes se encuentran en la publicación del ya famoso estudio de Master y Johnson por los años 60. Otros estudios previos, menos estadísticos y más analíticos, no tuvieron esa difusión.
  • Encuestas de opinión, actitudes y conductas sexuales se realizan y publican en revistas de amplia tirada.
  • Manuales sobre sobre sexualidad
  • Programas de radio y de televisión, como Hablemos de Sexo.
  • Sexólogos y sexólogas empiezan a aparecer en las tertulias…
  • Películas con escenas de sexo explícito
  • Conversaciones en el ámbito de las relaciones sociales entre amigos.
  • Cambio de roles. Las mujeres empiezan a dialogar con su sexualidad y comienzan a expresar sus deseos, fantasías y necesidades, descubriendo no sin dificultades lo que permanecía silenciado y reprobado.
    • Contestación generacional. Al mismo tiempo, se inicia un movimiento de contestación o compensación, como respuesta a las exigencias patriarcales sobre la sexualidad de las mujeres. Comienza una demanda más o menos explícita de ‘exigencia’ al hombre en términos de rendimiento, tamaño del pene, disponibilidad, potencia, etc.
    • El hombre incorpora estos cambios de la mujer con un mayor nivel de autoexigencia y con una concepción de la sexualidad aún precaria, centrada en el rendimiento:
      • Dar la talla; Demostrar; Estar a la altura;
      • Presión, Examen
      • Inseguridad, Complejos, Timidez, Ansiedad
      • Bloqueo del placer; Disfunción; Búsqueda de soluciones
    • Otros aspectos constitutivos de su identidad, como algunos roles tradicionales de género, experimentan un conflicto funcional con cambios sociales estructurantes (economía, mercado laboral, pérdida de hegemonía en el espacio público …) (Cucco García, 2013). La identidad sexual masculina, tan asociada a alguno de estos roles, también demanda reajustes, que no siempre serán abordados con la serenidad, debate, apertura, implicación y amplitud social e institucional necesarias.
  • Homosexualidad Apertura de la homosexualidad a la sociedad. En la opción de relación homosexual se establecen pautas sexuales muy focalizadas en la estética del cuerpo y en la mecánica del juego sexual (erección, tamaño, duración, frecuencia).
  • Pornografía. Implosión de la industria pornográfica. Divulgación de la performance fálica, de rendimiento, duración, frecuencia, estética, vigor, etc.

El Discurso sexual

Debido a estos y otros acontecimientos que se combinan en un complejo cóctel de cambios sociales (políticos, tecnológicos, económicos, culturales), se generó una expectativa colectiva e individual sobre sexualidad, una expectativa simplista, que se centró en el ‘rendimiento’ sexual y en la ‘mecánica’ del sexo, olvidando aspectos tan fundamentales como la psicología de la sexualidad, la emocionalidad, las actitudes, los esquemas, las habilidades sociales de relación y un largo etcétera (Salinas, 1997).

El discurso simplista sobre sexualidad se incorpora de forma más explícita al juego social de seducción, y por lo tanto adquiere una mayor expectativa de suceso.

  • La concepción de sexualidad. El discurso más divulgado es un discurso focalizado en apariencia, técnicas, ritualidad y rendimientos. No contempla la relación entre el deseo sexual, el erotismo y la subjetividad o la personalidad de hombres y mujeres (esquemas, prejuicios, temores, creencias, valores, expectativas, etc.). El mensaje que cala es el que se centra en lo superficial: las velas, las partes del cuerpo que ‘conviene’ acariciar, el aceite para dar masajes o los juguetes sexuales como complemento.

Queda relegada la parte más determinante de la sexualidad: nuestra personalidad, la actitud en la intimidad, nuestras habilidades de relación, nuestros estados de ánimo, la afinidad, la comunicación, el erotismo, la escucha de uno mismo y la del otro, la toma de conciencia…

Ese concepto ‘cultural’ de sexualidad, genera esquemas de funcionamiento en los ciudadanos (Salinas, 1994). En los hombres es un esquema de rendimiento mecanicista que se focaliza en aumentar la frecuencia de las relaciones; en lograr y mantener erecciones potentes; y en aprender ‘técnicas’ sexuales. En las mujeres se focaliza en lograr mayor desinhibición; ser más activas; y tener orgasmos; y posteriormente en aumentar su deseo. Además, se genera la expectativa de que ese rendimiento se produzca:

  1. Casi en cualquier momento (cuando el otro lo desee…)
  2. Casi con cualquier persona
  3. Casi en cualquier circunstancia (personal, familiar, laboral, anímica, de salud…)
  4. Casi a cualquier edad

El problema

Sin embargo, la realidad es tozuda: tanto para los hombres como para las mujeres. Si nos centramos en el problema de erección:

  • Las expectativas (los esquemas) no se cumplen para muchos hombres.
  • Se producen muchas situaciones en que uno cree tener deseo sexual pero no tiene erección, y por más que se empeña, no lo consigue. Empieza a hablarse de disfunciones, y los que las padecen, o bien desconocen la causa o son diagnosticados -en una gran mayoría- por problemas neurológicos o cardiovasculares, y en una minoría por problemas psicológicos.
  • Se genera frustración, preocupación, búsqueda de ayuda (sobre todo en el campo de la medicina y la farmacia)
  • Se diagnostican muchos casos. Se estima que el 10% de la población la sufre habitualmente.

La demanda

A estas alturas, conviene tener presente que, debido a la desinformación, así como a la expectativa de inmediatez en los resultados, esta demanda se traduce en la búsqueda de una solución inmediata, cómoda, fácil y accesible, que implique poco trabajo personal y que nos posibilite seguir con nuestro estilo de vida.

Precariedad en la educación emocional y la autonomía personal

La autonomía es la habilidad para crear nuestras propias reglas y saber hacer aquello para lo que estamos capacitados -nuestro potencial de desarrollo. Cuanto mayor es la desinformación y el sesgo a l0s que se somete una persona, menores son las oportunidades para desarrollar su potencial, es decir, su autonomía, frente a las modas, o frente a las demandas externas de consumo o de sumisión a los grupos, por poner algún ejemplo. Cuanto más precaria es su autonomía, más precario es su autoconcepto (la imagen que tiene de sí mismo): ‘No soy capaz de…’.

La baja autoestima es un síntoma de precariedad de la autonomía. La autoestima significa estimarnos a nosotros mismos, es decir querernos, cuidarnos, respetarnos, atender nuestras necesidades. Si me quiero, atiendo mis necesidades, eso significa que me trato bien y me respeto, por lo tanto, vigilo y cuido el desarrollo de mi potencial de crecimiento y desarrollo.

La baja autoestima y la precaria autonomía nos puede convertir en una especie de títeres que pueden ser manipulados por los hilos de intereses ajenos a nosotros, de índole ideológico (sectas de todo tipo); económico (negocios que priorizan sus beneficios sin importarles nuestra salud); grupales (líderes y seguidores que nos utilizan para su propio placer o interés); etc.

Esa vivencia de pérdida de autonomía y autoestima nos puede colocar en la experiencia de malestar: ansiedad, apatía, falta de energía, desesperanza, desconsuelo, irritabilidad, hostilidad, frustración, impulsividad, obsesiones, psico-somatización, violencia, adicciones, dependencias, sensación de inutilidad, y un largo etcétera de sintomatología de malestar.

Características  específicas del problema y de la demanda

Consumo.

  • Se promueve e instala el consumo rápido y abundante, de fácil acceso;
  • A la vez que se educa en la impaciencia para lograr la satisfacción inmediata;
  • Se genera la ansiedad por inseguridad y temor al fracaso
  • Se provoca la angustia por temor al rechazo y a la soledad.
  • Se ofrecen placebos que generan alivio inmediato del malestar.
  • Se consume información sesgada y/o mal digerida (encuestas, publicidad, etc.)
  • Se consume pornografía
  • Se consume prostitución
  • Se consume promiscuidad
  • Se consumen contactos sociales
  • Se consumen estimulantes y otras drogas
  • Se esperan recetas mágicas, soluciones rápidas, inmediatas, accesibles, fáciles…
  • No se valoran los procesos, se priorizan los resultados. Apenas se dedica tiempo e interés al desarrollo personal.
  • Se consume información. No se analiza, no se elabora, se acepta de forma acrítica, NO SE DIGIERE. Se filtra y sesga en función de los impulsos y los deseos más inmaduros.

Confusión.

  • Se confunde la sexualidad con la erección.
  • Se confunde el bienestar personal con la complacencia del deseo.
  • Se confunde la ansiedad con el deseo
  • Se confunde la actitud erótica con la competencia sexual.
  • Se confunde el deseo erótico con el deseo de tener deseo.
  • Se confunde la satisfacción sexual con la demostración de rendimiento sexual.

Las Necesidades, que son esenciales para el bienestar, quedan insatisfechas, mientras nos distraemos con el juguete del deseo, que es prescindible.

  • Por ejemplo, se confunden las necesidades de afecto, con el deseo de tener muchos contactos,
  • Se confunde la necesidad de autoestima con el deseo de lograr una imagen social.
  • Se olvida la necesidad de coherencia
  • Se olvida la necesidad de autonomía
  • Se olvida la necesidad de amabilidad
  • Se olvida la necesidad de solidez
  • Se olvida la necesidad de integridad
  • SE olvida la necesidad de conciencia

La paradoja del perfeccionismo

Además de los rasgos de consumo y confusión descritos, propios de un cierto carácter social, que se interiorizan en la psicología individual, podemos distinguir algunas actitudes de perfeccionismo o fantasía, que reflejan la precariedad en la percepción de la realidad.

Se generan esquemas y modelos idealizados, productos estereotipados de la fantasía y la ilusión:

  • Por ejemplo, una expectativa de inagotable vitalidad, energía, salud, juventud y hedonismo

No existe una actitud de aceptación de los problemas, fallos, dificultades, enfermedad… Se confunde aceptación con resignación. Se piensa que es horrible tener un problema.

No se gestiona bien la frustración, produciendo ansiedad, inquietud, compulsión, irascibilidad.

Falta una cultura de sosiego, serenidad, confianza e introspección, y faltan herramientas para comprender las causas reales de nuestro malestar y nuestras verdaderas necesidades.

En este contexto, la medicación es un paliativo, incluso un placebo, entendido como una solución accesible, rápida, relativamente cómoda y que logra el efecto deseado.

El individuo no se responsabiliza de su bienestar, no abarca el verdadero significado de bienestar y salud. Sin embargo, desarrolla sentimientos de culpabilidad que le producen malestar y le impiden disfrutar de su potencial con amplitud.

La paradoja de la autoexigencia

Este variado e indigesto cóctel de ingredientes y confusión genera una nueva paradoja: la existencia de una reducida autoexigencia para educarse psicológica y socialmente (emociones, habilidades, conciencia de uno mismo, cogniciones, etc.), al tiempo que una excesiva exigencia para rendir sexualmente.

La exigencia de rendimiento sexual, que desconoce y desatiende el verdadero funcionamiento de una sexualidad sana y satisfactoria, provoca una actitud de ‘competitividad’ y ‘demostración’ ante las relaciones sexuales.

Este afán de rendimiento mecanicista se traduce inmediatamente en síntomas de inseguridad, estrés, tensión, ansiedad, preocupación, anticipación del fracaso, autoconcepto negativo, inhibición o compulsividad, obsesiones, consumo de pornografía, frustración, desánimo, complejos, adicciones, y un largo etcétera de problemas que generan malestar en la persona, en su pareja o en su entorno.

Esos síntomas no solo producen malestar, son los causantes inmediatos del bloqueo de la respuesta sexual satisfactoria. La paradoja de la autoexigencia, provoca que cuanto más me exijo rendir en la mecánica, más me alejo de esa posibilidad, porque la mecánica de la sexualidad (erección) no responde a la exigencia ni siquiera responde a una instrucción directa, responde a la actitud erótica, de juego, de disfrute y de expectativa de placer; responde a la desinhibición y la falta de preocupaciones; responde a la comunicación del erotismo y de la sensualidad; responde al sosiego y a la paciencia; responde al bienestar, etc.

Sugiero un símil para entender esta paradoja mecanicista. Es como si, ajeno al funcionamiento de mi ordenador, le sobrecargo de programas y se bloquea por un problema de conflicto de software, y yo pretendo arreglarlo limpiando de pelusa el ventilador interno.

Pero hay más. ¿Habrá algún factor de riesgo común causante de desencadenar tanto la disfunción eréctil como las enfermedades cardiovasculares (CV) en la misma persona?

Por qué traigo esto a colación. Porque muchos estudios describen la correlación entre enfermedades cardio vasculares (CV) y problemas de erección, y a pesar de que se trata de una correlación y no una causa efecto, parece darse a entender que la CV provoca la DE. Hay que aclarar que correlación significa que ambos fenómenos se dan a un tiempo (el momento de la investigación), sin que se pueda afirmar que el CV provoca necesariamente DE.

Las enfermedades CV están relacionadas con estilos de vida poco saludables (obesidad, ansiedad, alcohol, tabaco, estrés, preocupaciones…), y el tratamiento con cambios de estilos de vida tiene muy buenos pronósticos (Strik et al., 2003).

Algunos problemas sociales (despidos, embargos, precariedad laboral…) y emocionales (ansiedad, preocupación, miedos, estrés, inseguridad…) están relacionados con la generación de problemas sexuales como la disfunción eréctil (Laumann et al., 1999).

Factores constantes como la ansiedad, el estrés, las preocupaciones, la incertidumbre, la vulnerabilidad, la inseguridad, los complejos, etc., están provocados por una cultura social de suma exigencia, éxito y productividad (laboral, académica, social, económica, de futuro, de identidad…), así como por un precario sistema de recursos, educación, formación y construcción de subjetividades sólidas, habilidades de afrontamiento. El constante malestar psico-social induce a una constante sobre activación de las citoquinas, bien conocidas por ser las causantes de episodios y crisis inflamatorias en nuestros órganos y también por estar relacionadas con la depresión(Goldstein, 2000; Mattina, GF; Van Lieshout, RJ; Steiner, 2019).

Es decir, bien pudiera ser que las mismas causas psico-sociales (miedo, inseguridad, estrés, ansiedad) que provocan la disfunción eréctil, estén presentes en el desarrollo de enfermedades cardio vasculares, produciendo, a su vez, hábitos de riesgo (tabaco, alcohol, sobre alimentación, obesidad, drogas…) (McCabe, Mp; Sharlip, ID; Lewis, R; Atalla, 2016). No es de extrañar, por lo tanto, que nos encontremos que las personas que sufren problemas cardiovasculares también sufren DE, o a la inversa. Falta mucha investigación en esta línea (Esposito et al., 2004).

Población

La problemática ha evolucionado conforme el discurso del rendimiento sexual mecanicista se ha instalado y se ha divulgado y extendido entre todos los segmentos poblacionales (Loe, 2004).

Muy al principio, la demanda estaba representada por población adulta con algún problema médico previo (psicológico y/o fisiológico), por ejemplo depresión, ansiedad, déficit de autoestima, diabetes, enfermedad CV, etc.(Calzo, J; Austin, B; Charlton, B.; Missmer, S; Kathrins, M; Gaskins, A; Chavarro, 2021)

Después, hombres adultos sin ningún tipo de malestar psicológico previo, que sufren disfunción eréctil debido a concepciones y actitudes erróneas en las relaciones sexuales: rendimiento, potencia, dar la talla, examen, estar a la altura, etc. (Cryan, 2017)

Más adelante, hombres jóvenes, y cada vez más jóvenes que la compran (regalan) para los fines de semana, ‘por si acaso’, para ‘estar en condiciones’… (Cryan, 2017; Peters et al., 2007)

Un porcentaje cada vez más elevado la compra por internet, sin receta y, por lo tanto, de forma ilegal. En un estudio en Holanda, de un total de 60000 entrevistados, 5000 personas de 18-80 años reconocían comprar medicamentos online, el 28% de los cuales eran potenciadores sexuales. (Koenraadt & van de Ven, 2018)

Paliativo o solución

Si el exceso de estrés, la ansiedad o la tensión emocional frecuentes tienen como consecuencia más perceptible mi dolor de cabeza (migrañas, cefaleas, cervialgias, etc), un analgésico, un relajante muscular, o un antiinflamatorio pueden calmarme los síntomas. En este caso, estaría usando un paliativo para los síntomas de dolor, pero no estaría tratando ni solucionando la actitud para gestionar mejor la tensión emocional o la presión laboral o las relaciones sociales.

Mientras no dé solución a la raíz de mi problema, no lograré librarme del malestar. Los síntomas de dolor serán cada vez más frecuentes e intensos, porque las consecuencias no visibles, no perceptibles, serán más amplias y causarán más problemas derivados (contracturas, malas posturas, pinzamientos neurológicos, inflamaciones, etc.). Además, con cada episodio de dolor y píldora paliativa, la desatención del verdadero problema me provocará cada vez más malestar psicológico por mi incapacidad de comprender lo que me sucede, mi desesperanza y mi sensación de impotencia. Visitaré a neurólogos, fisioterapeutas, alergólogos, herbolarios, farmacias y todo tipo de fabricantes y vendedores de remedios, que probaré uno detrás de otro sin obtener solución a mi problema.

Para nuestro bienestar, para evitar generar ‘falsos’ problemas, y para lograr solucionar los verdaderos problemas, necesitamos tomar conciencia de nuestro papel y protagonismo a la hora de construir nuestro bienestar. Necesitamos  hacernos responsables como ciudadanos y como individuos, de modo que alcancemos un mayor grado de autonomía para escoger y analizar la información, tomar decisiones, evitar las situaciones de dependencia -en la medida de lo posible- y prevenir o resolver nuestros problemas.

Uno de los efectos previsibles de tratar la disfunción eréctil con medicación es la dependencia psicológica hacia el mismo. Ya existen estudios sobre este problema, y sobre otros efectos de tomar estos fármacos a largo plazo[7].

En definitiva, la solución a la gran mayoría de las situaciones en las que no se produce erección, no está en tomarnos una pastilla, sino en adoptar una actitud mucho más lúdica (no hedonista). La solución pasa por acercarnos a las relaciones sexuales con deseo de placer, pero no con deseo de poder ni con deseo de demostración ni con deseo de superar inseguridades y/o hacer comprobaciones.

El pene y el corazón tienen mucho más en común de lo que pensamos. El corazón no funciona con instrucciones directas de nuestra voluntad, sino que actúa en función de señales que recibe del sistema nervioso (SN), que a su vez responde a estados psicológicos. Por ejemplo, si decidimos correr para alcanzar el autobús, inmediatamente el corazón acelera su ritmo cardiaco y se facilita la oxigenación y el impulso de la musculatura de las piernas. Yo no necesito dar ninguna instrucción al corazón, la recibe directamente del SN. Yo solo puedo regular el ritmo, cambiando mi actitud, mi necesidad y mi intención. Si no deseo que se acelere, dejo de correr, pienso en dejar pasar ese bus y coger el siguiente y sigo andando con relajación y tranquilidad.

Con la erección y el pene, sucede algo similar. Si tengo deseo sexual (a diferenciar del deseo de tener deseo!!!) y mi mente está concentrada en el placer, la sensualidad, las caricias, los besos, las imágenes, los ritmos, etc., mi SN dará la instrucción correcta a la musculatura del pene, haciendo que se relaje y que penetre la sangre circulante en los cuerpos cavernosos, produciendo la erección, sin que yo pueda voluntariamente realizarlo o impedirlo con ninguna instrucción directa.

Si, por el contrario, aunque sienta deseo sexual, mi mente está concentrada en dar instrucciones al pene para que se ponga erecto, o está concentrada en mis preocupaciones, temores, inseguridades, timideces, etc., mi cerebro entenderá que si estoy preocupado no es el momento de ‘jugar’ sino de alertar al cuerpo de algún peligro inminente, y por lo tanto enviará señas de alerta y preparación para la acción (tensión, estrés, etc). De modo que, por mucho que yo desee que mi pene ‘funcione’, mi actitud no es la adecuada.

Es de enorme trascendencia aprender a conocer cómo funciona nuestra mente y qué relación guarda nuestra subjetividad con nuestros estados de ánimo, nuestra actitud y las conductas y respuestas que tienen lugar como consecuencia.

Hay muchos programas, sobre todo de psico-educación, educación sexual, mindfulness, yoga, meditación, que nos acercan a ese conocimiento y nos facilitan el acceso a una sexualidad satisfactoria. Estos programas también nos descubren una forma mucho más eficaz, sana, autónoma y responsable de cuidar de nuestra autoestima y nuestro bienestar. A veces con una primera sesión en consulta, es suficiente para reenfocar nuestra actitud. Otras veces se necesita algo más de tiempo, lectura, entrenamiento. El camino se empieza con el primer paso. La lectura de algunos textos cortos te puede resultar de interés, te sugiero www.cota5.es

Bibliografía

Babos, Benjamin P; Smith, M. (2021). Sildenafil. Copyright © 2021, StatPearls Publishing LLC. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK558978/

Calzo, J; Austin, B; Charlton, B.; Missmer, S; Kathrins, M; Gaskins, A; Chavarro, J. (2021). Erectile Dysfunction in a Sample of Sexually Active Young Adult Men from a U.S. Cohort: Demographic, Metabolic and Mental Health CorrelatesTitle. The Journal of Urology, Febrero.

Cucco García, M. (2013). Hombres y mujeres ¿solo un problema de rosa y azul? La formación del sujeto que somos. Capitalismo, relaciones sociales y vida cotidiana. Revista Sexología y Sociedad, 19(1997), 149–171.

Cryan, M. (2017). Análisis del consumo de potenciadores sexuales en jóvenes y adultos mayores . SEXUALES EN JÓVENES Y ADULTOS MAYORES.

Esposito, K; Citotloa, M.; Giugliano, F.; Giugliano, D. (2009). Effects of Intensive Lifestyle Changes on Erectile Dysfunction in MenNo Title. Journal of Sexual Medicine 6(1):243-50, 6(1)(February), 243–250. https://doi.org/10.1111/j.1743-6109.2008.01030.x

Esposito, K., Giugliano, F., Di Palo, C., Giugliano, G., Marfella, R., D’Andrea, F., D’Armiento, M., & Giugliano, D. (2004). Effect of lifestyle changes on erectile dysfunction in obese men: A randomized controlled trial. Journal of the American Medical Association, 291(24), 2978–2984. https://doi.org/10.1001/jama.291.24.2978

Giorgetti, R., Tagliabracci, A., Schifano, F., Zaami, S., Marinelli, E., & Busardò, F. P. (2017). When “Chems” Meet Sex: A Rising Phenomenon Called “ChemSex.” Current Neuropharmacology, 15(5), 762–770. https://doi.org/10.2174/1570159×15666161117151148

Goldstein, I. (2000). The mutually reinforcing triad of depressive symptoms, cardiovascular disease, and erectile dysfunctionNo Title. The American Journal of Cardiology, Volume 86,(20 July Issue 2, Supplement 1,), Pages 41-45.

Koenraadt, R., & van de Ven, K. (2018). The Internet and lifestyle drugs: an analysis of demographic characteristics, methods, and motives of online purchasers of illicit lifestyle drugs in the Netherlands. Drugs: Education, Prevention and Policy, 25(4), 345–355. https://doi.org/10.1080/09687637.2017.1369936

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[1] Gran parte de la información referida a la problemática sexual está basada en la experiencia profesional como sexóloga, socióloga y psicóloga. No obstante, he aportado referencias externas para facilitar la comprobación de algunos datos.

[2] The term “chemsex” was coined to indicate the voluntary intake of psychoactive and non psychoactive drugs in the context of recreational settings to facilitate and/or to enhance sexual intercourses mostly among men who have sex with other men (MSM)(Giorgetti et al., 2017). “Una de las definiciones más citadas en España sobre el chemsex lo describe como el “uso intencionado de drogas para tener relaciones sexuales por un período largo de tiempo (que puede durar varias horas hasta varios días)” entre hombres gais, bisexuales y otros hombres que tienen sexo con hombres (GBHSH), cuyo elemento clave es “el tiempo, porque a mayor tiempo puede ocurrir mayor exposición a diversos riesgos o daños”(Soriano et al., 2020). Se recomienda la lectura del artículo de Giorgetti et al y el informe de Soriano et al.

[3] El Sildenafilo fue el primer inhibidor oral aprobado por la Agencia del Medicamento en EEUU y en Europa, para el tratamiento de la disfunción eréctil (DE). En los primeros 7 años de su lanzamiento al mercado, se calcula que este medicamento ha sido recetado por 750.000 médicos y utilizado por más de 23 millones de hombres en todo el mundo (Martin AL, Huelin R, Wilson D, Foster TS, 2013).

[4] Desde 1997, Lola Salinas ejerce como sexóloga en COTA5 (www.cota5.es) y desde 2016 tiene abierta la consulta como psicóloga y sexóloga independiente.

[5] Centro Marie Langer, Madrid. https://www.procc.org/

[6] Un concepto de gran utilidad ha sido la diferenciación entre demanda y necesidad. Otro concepto que ya había abordado en otros escritos (Ver “Autonomía emocional”), han cobrado un nuevo sentido, más transversal y transformador.

[7]  Tal como afirmaba en 2012 el psicólogo y sexólogo Raymond Francis, alrededor de 15 hombres al mes le comunican su dependencia de la viagra, con una media de edad entre 27-32 años. https://www.dailymail.co.uk/femail/article-2212529/Addicted-Viagra-They-virile-growing-number-young-men-t-cope-little-blue-pills.html


[i] El paraguas que abarca a todas las teorías y escuelas con perspectiva de construcción social de la realidad es muy amplio e incluye algunas posiciones divergentes, pero que confluyen en unos supuestos fundamentales. Este amplio paradigma de análisis y comprensión de nuestra evolución y de la vida cotidiana, contempla desde lo macro (Historia, Cultura, Ideología…), hasta lo micro (emoción, anhelo, conducta, pensamiento, interacción…). A continuación, ofrezco una síntesis de la línea que he seguido en mis propios estudios, investigación y práctica profesional. Espero contribuir con esta pincelada a representar en una línea histórica el hilo de construcción del saber social. Así mismo, esta pequeña síntesis, tiene por objetivo servir a modo de introducción para aquellos que tengan curiosidad o interés en profundizar en esta línea de pensamiento. Empezaré por nombrar autores/as y escuelas más recientes, siguiendo el hilo hasta pensadores/as más lejanos en el tiempo, aunque muy actuales en sus aportaciones utilísimas y que podemos considerar clásicas en el sentido más valorativo del término. No tiene ninguna pretensión de exhaustividad, más bien es un recorrido breve por las fuentes que considero esenciales y que en su momento dieron respuesta a mi curiosidad.

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  • Erving Goffman (1922-1982). Sociólogo. Ver “La presentación de la persona en la vida cotidiana”. 2004. Amorrortu Ediciones, Buenos Aires.
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  • Herbert Cooley (1864 – 1929). Sociólogo. Ver teoría del “yo espejo” y grupos sociales primarios y secundarios.
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Max Weber (1864-1920). Sociólogo. Ver “La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo”. 2004 (3ª) Alianza Editorial, Madrid.

Emile Durkheim (1858-1917). Sociólogo. Ver “Las formas elementales de la vida religiosa”. 1982, Akal, ediciones. Madrid.

Thorstein Veblen (1857-1929). Sociólogo. Ver “Teoría de la clase Ociosa”. 2004, Alianza Editorial.

Karl Marx (1818-1883). Filósofo, economista, sociólogo. Ver “Manuscritos Economía y Filosofía”. 1985(11ª). Alianza Editorial, Madrid.

Publicado por

Psicóloga Lola Salinas

Psicóloga & Sexóloga & Coach Intervención Psicológica Terapia Sexual

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