Ψ Psicóloga
     Lola Salinas

Implicación

La implicación en la relación de pareja es un proceso, no es un solo acto; la implicación conlleva estar pendiente y actuar sobre eso que nos interesa, así como atender los requisitos y las necesidades para que se logre aquello que queremos.

La implicación puede darse desde distintas actitudes y tareas o conductas. El grado de implicación varía según las personas, los objetivos, los intereses y el compromiso. Hay personas cuyo grado de implicación en una relación se limita a la provisión económica, desentendiéndose de otros aspectos importantes de los objetivos de la relación (crecimiento personal, familia, hijos, relaciones sociales, proyectos de pareja, etc.). El grado de implicación que mostremos en cada uno de los ámbitos de actividad de la pareja indicará cual es nuestra concepción de la relación y el rol que deseamos realizar.

Con frecuencia, una visión distorsionada de nuestras capacidades y de su potencial a desarrollar, nos limita la motivación y la voluntad de implicación, viéndonos como personas poco habilidosas o poco entrenadas en esta o aquella actividad. Las autolimitaciones son un perjuicio para el desarrollo de relaciones equilibradas y para encontrar satisfacción en los distintos ámbitos de una relación.

Autolimitarnos y renunciar a implicarnos en actividades y/o proyectos de pareja que enriquecerían la relación, es también empobrecer nuestras propias oportunidades de desarrollo personal, satisfacción, crecimiento y madurez.

Cuanto más implicados estamos en un proyecto, más interés demostramos y más satisfacción obtendremos durante el proceso y cuando lo logremos. Hay proyectos que no tienen límite (tener hijos, por ejemplo, o mejorar la comunicación de pareja, etc.). El grado de implicación en el día a día supone un compromiso y supone una actualización constante del esfuerzo y dedicación (mental, física, afectiva, etc.)

A menudo, la falta de implicación es consecuencia de una concepción de la vida como un lugar de placer, donde los esfuerzos, el trabajo y la participación en proyectos, se sienten como algo que empaña ese placer y nos impide disfrutarlo a nuestro antojo. Esa visión de la vida, está muy ligada a la creencia de que "se está mejor sin hacer nada". Esta creencia lleva a muchas personas a la inmovilidad, a la pereza, al desánimo, a la falta de cooperación y la insolidaridad. El lema, cuanto menos hago, menos quiero, es muy cierto. La inactividad nos produce desmotivación, apatía, falta de ilusión e insatisfacción.

No conviene confundir la actividad con la necesidad impulsiva de estar siempre haciendo algo productivo (y que los demás nos sigan...). Descansar también es saludable y es hacer algo muy necesario. Tan malo es hacer muy poco como hacer en exceso y de forma compulsiva. Entre los extremos de la inactividad y la actividad permanente, hay un término medio muy saludable que es planificar la actividad, proyectar y dotar de sentido cada cosa que hacemos, encontrando la coherencia y su integración con el resto de nuestros ámbitos de personalidad.

Para implicarnos en proyectos o tareas es conveniente que comprendamos el sentido que tiene lo que hacemos, cómo lo hacemos y cómo satisface algunas de nuestras necesidades: aprender, colaborar, sentirnos parte de algo, ayudar, mejorar, construir algo, contribuir al bienestar, etc. A menudo es más importante cómo hacemos las cosas que lo que hacemos. La actitud con la que realizamos determinadas conductas es muy importante para generar buen clima y para que podamos disfrutar de lo que hacemos. Nuestra implicación va a verse favorecida por actitudes racionales, objetivas, tolerantes y flexibles, que nos van a permitir encontrar bienestar en cada paso que demos.